Avatar

Somos los "dioses" del mundo virtual.

Si mezclamos la definición actual -siglo XXI- de avatar; identidad virtual que escoge el usuario de una computadora o de un videojuego para que lo represente en una aplicación o sitio web y la que figura en Wikipedia, relacionada con el Hinduismo y otros marcos de referencia religiosos, encarnaciones de dioses o a maestros muy influyentes de otras religiones aparte del hinduismo, especialmente a los adherentes a tradiciones dhármicas cuando tratan de explicar a personajes como Cristo, concluyo -vagamente- que somos los dioses de lo virtual.

Si consideramos que, los seres virtuales (programas de computación) no son conscientes de su existencia y que, nosotros, a su vez, somos creadores y conscientes de lo creado, podríamos establecer que caemos en la condición de personaje de una historia que diría algo parecido a la biblia y, sería contado, por los primeros seres virtuales que fueron conscientes de nuestra existencia como humanos.

Además de lo anterior, que es solo una forma de nutrir mi ego mientras escribo esto, compartir en lo virtual nos transforma en la primera especie -que se tenga conocimiento- en crear un universo simulado en el cual pueden participar de manera creativa y expansiva.

Tal vez, la internet, sería la versión más parecida a la conciencia, el todo; Dios. Claro, para todos los seres inconscientes creados por la tecnología desarrollada por los avatar’s en la tierra; ese multiverso o dimensión más profunda donde las cosas son distintas y las reglas cambian. Tal vez, un edén, un nirvana.

¿Me siguen?

El juego

Vibramos en un juego. Somos tal vez como un electrón. Una recursividad que, es infinita y la llamaremos el arte de ser. El juego tiene como única regla el programa del libre albedrío o mejor dicho, de la auto-programación. Aquella posibilidad de elegir, absolutamente, cualquier instancia a repetir, sin límites en la búsqueda de una nueva consciencia.

Imagina un círculo de fuego que, nada más gira. Y tú, dentro, estás girando también. Más aquello que te constituye también lo hace; recursivamente. Sin un fin determinado. A eso le llamaremos vibración, movimiento.

Lo que conocemos como existencia, no es más que la constante repetición de la “misma” instancia en pos de un nuevo resultado; es desde la re-iteración que surge lo nuevo. Una y otra vez, vibramos en ciertas frecuencias hasta que emerge la nueva posibilidad, la alternativa y damos salida a aquello que quería aparecer.

Como humanos, simplemente, nos es imposible repetir algo a su exacta semejanza, por lo que cada instancia se diferencia en los matices. Y, son estos últimos los que nos dan la cualidad natural del ensayo y error, nuestra humanidad.

Mientras más sea el número de personas, que vibremos en una misma frecuencia, antes daremos el siguiente salto a lo nuevo. No somos frágiles sino, todo lo contrario, todopoderosos. Tenemos la facultad de crearnos y destruirnos de cuando en vez y siempre cuando queramos renacer.

Por lo tanto, debemos hacernos de esa potencialidad, porque es a través de la repetición que aprendemos.

La amplitud y extensión de nuestra instancia de repetición, será potenciada y limitada en la ruta hacia la realización del programa inicial. Debemos ser conscientes que no existe alternativa a la cuestión del movimiento, porque en eso se basa la existencia.